LA AUTORIDAD ESPIRITUAL Y LA DEMOSTRACIÓN DEL PODER DE DIOS

Recopilado y ampliado por Ritchie Pugliese

En Lucas 9:1 Leemos: “Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades.”

Hechos 1:8 dice también “pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”

Para entender el principio de autoridad debemos saber que la autoridad no tiene sentido sin un poder que la respalde.

La razón por la que, por ejemplo, la policía puede ejercer su autoridad sobre los ciudadanos es porque detrás de cada policía está el poder del gobierno y de la ley que le autoriza a utilizar su arma si fuera necesario.

En el Reino de Dios sin una relación íntima con Jesucristo no hay poder. Nuestra recompensa por tener una relación íntima con el Señor es recibir Su poder.

Cuando hablamos de tener una relación íntima con el Señor o tener intimidad con él, estamos hablando de conocerle. No me refiero al conocimiento intelectual. Uno puede conocer intelectualmente los hechos históricos del Señor pero eso no cambia ni profundiza nuestra relación con él. Saber o conocer intelectualmente que Dios es salvador, sanador, libertador no significa tener una relación íntima con él. Uno puede ser un excelente teórico para hablar sobre el Jesús histórico pero eso solo no hace que tengamos una relación íntima con él.

En la Biblia cuando se habla de conocer a Dios, se refiere a tener intimidad con él para conocerlo como persona. La mentalidad griega pagana (naturaleza caída en realidad) que heredamos nos ha hecho confundir el significado bíblico de la palabra, pensando que para conocer a Dios uno debe estudiar la teología sobre Dios. Eso está bien dentro de su contexto pero no alcanza para conocer íntimamente a Dios. Una cosa es leer las cartas de una persona que vive lejos y otra hablar con esa misma persona frente a frente.

1 Corintios 1:21 dice: “Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría…”

Cuando conocemos íntimamente a Dios, recibimos la recompensa del poder de Dios y nos transformamos en testigos de un Dios viviente.

Un testigo eficaz es aquél que no solo conoce su fe sino que demuestra su fe. Dios quiere que seamos sus testigos en palabra y poder. Por eso debemos pedirle al Señor: – ¡Ayúdame Señor a ser testigos en palabra y poder! –

Es Dios obrando a través de Su Palabra y Su Espíritu lo que trae el poder a nuestras vidas para ser testigos y demostrar el poder de Dios para sanar, liberar.  Cuando le decimos a alguien, por ejemplo: – ¡Sé sanado! Y la persona es sanada, fue porque obró el poder de Dios a través de la palabra dada (no fue dada una palabra humana sino una palabra basada en las promesas de sanidad Dios) y el respaldo del Espíritu Santo.

No solo debemos tener la Palabra de Dios sino también el Espíritu de Dios si queremos ser testigos de un Dios vivo. Es el poder de Dios obrando a través de Su Palabra y Su Espíritu lo que trae la salvación, liberación, sanidad.

Cuando el Espíritu Santo habita en nosotros lo hace con la idea de ayudarnos a desarrollar su carácter santo. En Romanos 8:5 el apóstol Pablo dijo que nadie puede decirle que no al pecado a menos que seamos guiados, dirigidos, controlados por el Espíritu Santo.

Es por eso que la Biblia dice que si hemos encontrado a alguien caer en algún error o pecado, debemos restaurarlo con espíritu de mansedumbre (Gálatas 6:1) ¿Por qué dice eso? Para que nosotros posteriormente no seamos tentados y caigamos en lo mismo.

Cuando no tenemos en cuenta que si no pecamos es por la gracia de Dios y la guía del Espíritu Santo, nos moveremos con el espíritu de juicio y condenación; estaremos siempre señalando los errores y pecados de otros como diciendo: – Has caído porque no eres tan bueno como yo-,  como si el hecho de no hayamos caído hasta la fecha hubiera sido por nuestra propia fuerza. Nadie le puede decir “no” al pecado sin el Espíritu Santo, por más fuerza de voluntad que tenga.

Por eso pidámosle al Señor: ¡Abre mis ojos para darme cuenta que no es por mi propio poder ni mi fuerza sino con tu Espíritu!

Volviendo al tema de la autoridad y la demostración del poder de Dios, es probable que usted haya visto a un maestro de escuela ocupar su cargo sobre un grupo de estudiantes, pero sin poder ejercer su poder. ¡Hoy día los maestros tienen la autoridad escolar sobre los alumnos pero no pueden ejercer su autoridad porque corren serios riesgos de que los padres de los alumnos le hagan un juicio!

La autoridad y poder deben ir tomadas de la mano. La autoridad sin poder es ineficaz, no sirve de nada. En Lucas 4:36 leemos: ‘’Y estaban todos maravillados, y hablaban unos a otros, diciendo: ¿Qué palabra es esta, que con autoridad y poder manda a los espíritus inmundos, y salen?” Jesús no solo tuvo autoridad sobre los espíritus inmundo pero también tuvo el poder para forzarlos a salir fuera. El punto en cuestión aquí no es que solo nos ha sido dada autoridad sobre las enfermedades y actividades demoníacas sino que también tenemos el poder de Dios para controlarlos, decirles que se vayan y obedezcan.

Necesitamos darnos cuenta de esto para hablar con poder. De acuerdo a este poder (el de Dios) debemos hablar. Si quiero hablar en el nombre de Jesús debe ser de acuerdo al poder de Dios, alineados al poder de Dios. Caso contrario, serán palabras huecas, sin poder y hasta pueden producir un efecto contrario como sucedió en el caso de los hijos de Esceva en Hechos 19:13-16.

En ese relato vemos que los espíritus inmundos se dieron cuenta que esta persona no hablaba con el poder de Dios. Eran palabras huecas, “religiosas” que no causaban efecto en lo espiritual ¿No es confuso pensar que Dios pueda hablar sin desplegar su poder? De la misma manera con nosotros, no tiene ningún sentido confesar que Jesús es el Señor (hablar) y comportarse de la manera contraria.

En Juan 6:63 leemos las palabras de Jesús: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida.”,  y también a los religiosos de su época les dijo en Marcos 12:24: “Entonces respondiendo Jesús, les dijo: ¿No erráis por esto, porque ignoráis las Escrituras, y el poder de Dios?”

Las palabras de los fariseos estaban llenas de sabiduría humana. Ellos conocían todo lo religioso pero sus palabras carecían de autoridad para cambiar situaciones como lo vemos en Marcos 1:26-27 “Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él. Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?” Marcos 7:28-29 dice; “Y cuando terminó Jesús estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas.”

¡Es tiempo de ser testigos de un Dios vivo en palabra y poder!

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