EL ESPÍRITU DE DIVISIÓN

Por Ritchie Pugliese

Hace unos días mientras pensaba en diversos acontecimientos negativos que están sucediendo en el mundo que nos toca vivir, y en la Iglesia en particular,  de repente vino a mi mente: “Esto que sucede es debido al espíritu de división”.

Si observamos el panorama mundial, y el de nuestra sociedad, cada vez vivimos en un mundo más dividido. Creo que existen varios problemas que afectan la convivencia en general, y no tengo dudas de que uno de los más graves es la división.

Todos los ámbitos en que nos movemos parecen estar afectados por las divisiones. Lo vemos en el ámbito social como en el familiar; lo vemos en el ámbito político e incluso en la religión.

Si lo analizamos bien, nos daremos cuenta de que aún la misma iglesia cristiana está dividida: Por un lado tenemos a la iglesia católica y por otro a la iglesia evangélica. Dentro de la iglesia evangélica a su vez hay infinidad de divisiones a las que llamamos denominaciones;  dentro de la infinidad de denominaciones a su vez hay diferentes líderes con ideas,  visiones y perspectivas diferentes, y si miramos entre los creyentes también encontraremos diferencias y divisiones. ¡Realmente estamos muy divididos!

Aquellos que hayan leído algo sobre la historia de la Iglesia habrán observado que la gran estrategia del enemigo, al fracasar en su intento por destruir la Iglesia a través de la persecución, fue introducirse sutilmente en ella para infectarla y contaminarla con un espíritu de división, que ha permanecido vivo y latente a través de los años.

Es por eso que las Sagradas Escrituras nos advierten sobre el peligro de caer bajo la influencia de este espíritu. ¿Qué es el espíritu de división?: “Es una fuerza espiritual contraria a Dios que atenta contra la unidad,  a la armonía y el buen acuerdo pacífico”.

No hace falta entrar en muchos detalles para darnos cuenta de que la división es algo que viene inicial y directamente del diablo, pero que después se retroalimenta de nuestra carnalidad para cumplir su efecto nocivo.

En la Palabra de Dios encontramos algunos pasajes bíblicos que nos advierten contra el espíritu de división:

Mateo 12:25: “Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá”.

Marcos 3:25: “Y si una casa está dividida contra sí misma, tal casa no puede permanecer”.

Lucas 11:17: “Mas él, conociendo los pensamientos de ellos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo, es asolado; y una casa dividida contra sí misma, cae”.

Romanos 16:17: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos”.

1 Corintios 11:18: “Pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo”.

2 Corintios 12:20: “Pues me temo que cuando llegue, no os halle tales como quiero, y yo sea hallado de vosotros cual no queréis; que haya entre vosotros contiendas, envidias, iras, divisiones, maledicencias, murmuraciones, soberbias, desórdenes”.

Isaías 59:2: “… pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios”.

En 1 Corintios 1:10 leemos algo determinante: “Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.”

Aquí el apóstol está diciendo lo siguiente:

“os ruego”: Hay un clamor desesperado

“hermanos”: Le habla a los redimidos por la sangre de Cristo

“por el nombre de nuestro Señor Jesucristo: Es como si les hubiera dicho: No lo hagan por ustedes, hagan esto por y para el Señor.

Luego de esta introducción, Pablo coloca el principio espiritual:

“que habléis todos una misma cosa”

“que no haya entre vosotros divisiones”

“que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer”.

Las palabras del apóstol muestran el ideal de Dios o la norma del Espíritu, ¡pero nuestra realidad muestra otra cosa!

En mis años de creyente y activo en el ministerio desde 1977, he visto cómo el espíritu de división ha infectado y causado estragos en el Cuerpo de Cristo. Lamentablemente, en ciertas ocasiones lo he padecido en carne propia.

Con dolor y vergüenza debo decir que he visto a líderes espirituales separarse, dividirse y transformarse en enemigos y contrincantes debido a celos y envidias ministeriales. He visto a creyentes abandonar la iglesia donde se habían congregado durante años, donde habían recibido palabra y ministerio del pastor, para posteriormente hablar mal de ese  pastor y desacreditarlo por todos lados. He visto a pastores y líderes espirituales “darles la espalda” a otros consiervos necesitados que iban a buscar ayuda, por no pensar igual que ellos o por considerarlos directamente “rivales” en la ciudad donde estaban. He visto cómo los creyentes se separan y se dividen, porque unos “tienen la unción” y los otros no la tienen, entre otras tantas cosas. El enemigo ha sacado ventaja de nuestra carnalidad y nos ha hecho presa del espíritu de división.

Las características del espíritu de división

Existen algunas características indubitables de la presencia del espíritu de división. Algunas de ellas son:

Cuando el espíritu de división opera, se ve al otro como un contrincante y, en el peor de los casos, como un enemigo que debe ser destruido.

Cuando el espíritu de división opera,  cada uno se separa o se distancia de aquellos que no piensan o creen lo mismo.

Cuando el espíritu de división opera, cada uno intenta desacreditar la conducta o lo que hace la otra persona.

Cuando el espíritu de división opera, el egoísmo se acrecienta porque siempre pretende imponer y hacer vale lo suyo.

Cuando el espíritu de división opera, se fusiona con el chisme, la crítica despiadada y la calumnia, además de la mentira.

Cuando el espíritu de división opera, la grieta o brecha que se ha originado no se reconoce ni se hace algo para repararla.

A veces pensamos que todo esto sucede en cualquier otro lugar menos en la Iglesia, pero si somos sinceros sucede, y muy a menudo, en nuestro cristianismo actual.  Si esto ocurre entre nosotros, los creyentes. ¿Acaso podemos exigirle a la sociedad, a los gobiernos y a los inconversos que dejen de lado las divisiones?

Es evidente que algo tiene que cambiar, y que es necesario actuar para contrarrestar y erradicar al espíritu de división.

Ahora bien, ¿Cómo hacer para contrarrestar y desterrar al espíritu de división?

El primer punto importante es que necesitamos reconocer que, en menor o mayor medida, estamos afectados por este espíritu y que está usando nuestra carnalidad para instalarse en la Iglesia. En lugar de ponernos en jueces y señalar a otros deberíamos examinarnos nosotros mismos a la luz del Espíritu Santo, para detectar cada ocasión en la que hemos actuado bajo la seducción del espíritu de división.

Sería bueno humillarnos ante el Señor y arrepentirnos por haber sido canales de división en vez de bendición. Si somos sinceros delante de Dios nos daremos cuenta de que hemos tenido comportamientos y actitudes que nada tienen que ver con el espíritu de unidad, armonía y respeto mutuo.

El antídoto eficaz para contrarrestar el espíritu de división

Generalmente, se cree que la respuesta al espíritu de división es la unidad; pero creo que el antídoto más eficaz es el poder del acuerdo, pues sin este no puede existir genuina unidad. El poder del acuerdo es la fuerza del Espíritu Santo que arranca de raíz y destierra de nuestra vida el espíritu de división.

Las Sagradas Escrituras avalan el poder del acuerdo, como leemos a continuación:

Amós 3:3: “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?”.

Mateo 18:19: “Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos”.

Hechos 15:24-26: “Por cuanto hemos oído que algunos que han salido de nosotros, a los cuales no dimos orden, os han inquietado con palabras, perturbando vuestras almas, mandando circuncidaros y guardar la ley, nos ha parecido bien, habiendo llegado a un acuerdo, elegir varones y enviarlos a vosotros con nuestros amados Bernabé y Pablo, hombres que han expuesto su vida por el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.

Tito 2:1: “Pero tú habla lo que está de acuerdo con la sana doctrina”.

Cuando ponemos en práctica el poder del acuerdo se desata el favor y la bendición de Dios.

En este momento creo conveniente resolver el siguiente dilema: ¿cómo hacemos para estar de acuerdo con los demás? ¿Es posible estar de acuerdo en todo y con todos?

El ejemplo del pasaje de Hechos 15:39 nos deja una rica enseñanza:“Y hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre…”. Aquí vemos que hubo un aparente desacuerdo, pero el pasaje no menciona que hubo peleas y división. Todo parece indicar que se hizo en un marco de paz, armonía y acuerdo pacífico. ¿Puedes ver la diferencia?

Todos bien sabemos que es imposible estar completamente de acuerdo en todo, y eso es parte de nuestra individualidad y libre albedrío. Sin embargo, debemos cuidarnos del espíritu de división que es nocivo para la unidad del Espíritu.

Veremos a continuación algunos puntos para saber cómo movernos cuando los desacuerdos sucedan y como evitar caer bajo el espíritu de división:

1. El punto de acuerdo entre los cristianos

a) Nuestro punto de acuerdo debe estar basado en la obra vicaria de Jesucristo en la cruz del calvario, donde padeció, murió, resucitó al tercer día y, posteriormente, se sentó a la diestra de Dios el Padre. Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres, es el punto de acuerdo que necesitamos tener entre cristianos.

b) Entre los cristianos nuestro punto de acuerdo debe estar basado en los principios de la Palabra de Dios.

Es bueno aclarar que aunque muchas veces podamos estar de acuerdo con los puntos “a” y “b”, aun así existen diferencias (opiniones, ideas, visión espiritual, proyectos, carga espiritual, llamado, etc.). Es allí donde debemos estar alertas y decidir no permitir que el espíritu de división se infiltre y provoque desunión, peleas, desacuerdos, separaciones sin paz, etc.

2. El punto de acuerdo en la sociedad sin Cristo

Existen muchos creyentes que ocupan posiciones de liderazgo en el gobierno o en diferentes entidades educativas, municipales, etc., y es necesario cuidar varios aspectos para lograr un punto de acuerdo.

Por cierto, los siguientes puntos también aplican para todo lo referido al mundo eclesiástico:

a) El acuerdo se logra en un ambiente de respeto, que prevalezca a pesar de opinar, pensar o actuar diferente a otra persona. No porque alguien tome decisiones, que nosotros no tomaríamos o manifiesta tener preferencias, que nosotros no compartimos, es motivo para menospreciarlo y faltarle el respeto.

b) El acuerdo se logra cuando nos interesa más la vida y el bienestar general que individual. Ningún desacuerdo da derecho a ejercer violencia contra el otro, ya sea de manera física o verbal.

c) El acuerdo se logra cuando nos esforzamos por vivir en un marco de distensión y tranquilidad. Ningún desacuerdo debe conducirnos a la amargura y el mar humor, que provocan tensiones.

d) El acuerdo se logra cuando prevalece la armonía, a pesar de la diferencia de opiniones e interpretaciones.  Podemos discrepar y aun tomar caminos diferentes, pero siempre en un marco de paz y armonía. Hemos sido llamados a ser bendición.

Es inevitable que existan diferencias entre pastores, líderes espirituales y hermanos, incluso dentro de una misma familia. Sin embargo, debemos evitar que se origine una grieta por donde se filtre el  espíritu de división y provoque enemistades, pleitos, separaciones, peleas o discusiones acaloradas unos contra otros.

Que nuestra intención principal sea vivir siempre bajo el poder del acuerdo, aun en las diferencias,  porque esta es la única manera de no dejarnos oprimir o dominar por el “espíritu de división”. Decidamos ser canales de bendición, porque donde el poder del acuerdo opera, allí hay bendición (Salmos 133).

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