Por Ritchie Pugliese

UNA CRISIS DE VALORES

De acuerdo a lo que dice la Palabra de Dios en 2 Timoteo 3:1, y lo que vemos a nuestro alrededor, sin duda vivimos en tiempos peligrosos. Una de las características de estos tiempos es la perdida de valores donde a lo bueno se le llama malo, y a lo malo, bueno (Is. 5:20).

Vivimos en una sociedad decidida a dejar de lado y olvidar los valores fundamentales que existen para tener una vida mejor. Esta pérdida de valores afecta prácticamente todas las áreas de la vida produciendo gran decadencia a nivel general.

Cuando hablamos de valores, no solo nos referimos a los valores sociales o culturales, que están determinados por la sociedad y la cultura; sino también a los valores éticos y morales, que son normas de comportamiento que regulan la conducta y se van adquiriendo durante el desarrollo individual de cada persona.

La crisis en los valores de nuestra sociedad no es solo consecuencia de la falta de educación, sino de una carencia de normas y principios en el mismo seno del hogar. En menor o mayor grado todos somos en público lo que somos en privado. Todos somos el producto de lo que hemos vivido en el hogar.

A continuación quiero compartir algunas de las “normas modernas” de nuestra sociedad, que en esencia atentan contra la práctica de los buenos valores de la vida. Ellas son:

1. La falta de respeto por el prójimo

Hoy podemos decir que se ha perdido el respeto. El respeto es uno de los valores morales más importantes del ser humano, ya que es fundamental para lograr una armoniosa interacción social. Una de las premisas más importantes sobre el respeto es que para ser respetado es necesario respetar. Y eso implica respetar al otro a pesar de la divergencia de ideas y opiniones. Podría decirse que respetar también es ser tolerante con quien no piensa igual que nosotros, con quien no comparte nuestros mismos gustos o intereses. En un grado extremo, la intolerancia puede conducir incluso a una falta de respeto por la vida del otro. Y lamentablemente, hoy día lo vemos en muchos casos de violencia verbal y física.

2. La cultura del egoísmo

Hoy día vemos y escuchamos slogans de publicidad que dicen: “Tú lo vales”, “Te lo mereces”, con los cuales se trata de “inflar” el ego del espectador o el oyente, de tal manera que la persona piense solo en ella, como si los demás no existieran ni importaran. Esta es la era del individualismo. El egoísta muestra un excesivo amor por sí mismo, con una manera de hablar en la que predominan el “yo”, “mi” y “mío”, en vez de “nosotros” y “nuestro”. El egoísmo dificulta la relación con el prójimo y va en contra del amor señalado en la Palabra de Dios: “Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás” (Fil. 2: 3-4).

3. La carencia de honestidad e integridad

Si bien la honestidad hace referencia a un conjunto de atributos personales como la decencia, el pudor, la dignidad, la sinceridad, la justicia, la rectitud y la honradez, quiero hacer énfasis aquí en la sinceridad. Hoy día pareciera que el que saca ventajas y avanza en la vida es aquel que utiliza la mentira o “medias mentiras”. La mentira se utiliza para maquillar alguna situación que no queremos que se sepa y se la utiliza a veces como si fuera la misma verdad. Es la manera más sutil de engañar al otro. En nuestra sociedad se ha instalado el patrón de pensamiento que afirma que ser honesto es ser “un pobre tipo” y que el ganador es aquel que utiliza herramientas ilícitas para lograr su cometido. La mentira tiene una prima hermana llamada “corrupción, la mentira es el fundamento para todo acto de corrupción.

4. La falta de educación

Aquí no me refiero solo a la educación en sus niveles primarios, secundarios y universitarios, sino en su sentido más amplio, como el medio en el que los hábitos, costumbres y valores de una comunidad son transferidos de una generación a la siguiente generación. El concepto de educación comprende el nivel de cortesía, delicadeza y civismo demostrado por un individuo y su capacidad de socialización. Por ejemplo, saludar al vecino cortésmente, darle el asiento a una mujer embarazada o una persona anciana, utilizar el “buenos días”; “muchas gracias” en el lenguaje diario, ayudar a una persona necesitada a cruzar la calle, no aprovecharse del más débil ni explotarlo y buscar el bienestar del otro, entre otras cosas.

5. El menosprecio por el esfuerzo y la dedicación

El trabajo y el esfuerzo siempre fueron considerados medios para lograr los sueños, alcanzar las metas y objetivos de la vida, además de ser una forma de expresión. El trabajo hace que el individuo desarrolle iniciativas y habilidades y se sienta productivo. El trabajo hace que el hombre aprenda a vivir con otras personas y sus diferencias, a no ser egoísta y a pensar en el bien de la empresa, no sólo en su propio bien. Sin embargo, debido a la corrupción e impunidad que ofrecen avanzar más rápidamente en la vida, vemos a nuestro alrededor “modelos” de personas exitosas que la sociedad nos presenta que no hacen lo que precisamente hacen todos”: trabajar. Muchas veces el que quiere trabajar honestamente es objeto de burla más que de admiración. Hoy día nuestra sociedad pretende inculcarnos que si la vía del trabajo y el esfuerzo no nos llevan a lograr el éxito pronto en la vida, podemos recurrir a otros “atajos”, aunque sean ilícitos, que nos pueden ayudar a lograr lo que queremos.

6. El síndrome del “todo ya”

Debido al avance tecnológico y la rapidez con la que obtenemos cualquier tipo de información, hoy día queremos obtener todo al instante, ya mismo. Por eso existen, por ejemplo, los restaurantes de comida rápida, el horno microondas y la máquina expendedora de bebidas automática, donde colocamos una moneda e inmediatamente obtenemos nuestra lata de bebida preferida. El ritmo vertiginoso en que vivimos nos produce impaciencia ante la lentitud y tardanza de las cosas. Hoy se pretende vivir de esta manera, a toda velocidad y se atenta contra la paciencia y la perspectiva a largo tiempo. Esta carrera de velocidad nos arrastra a la precipitación y al apuro, lo cual generalmente nos lleva a tomar malas decisiones.

Estos son solo algunos síntomas de una crisis en la sociedad, que no solo nos afectan como individuos sino también como ciudadanos. Para construir una sociedad sana, con valores, es necesario que esté conformada por persona sanas que tengan valores. Por algo la Biblia dice en Proverbios 11:11 “Por la bendición de los rectos [Los que tienen valores] la ciudad será engrandecida…”

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