Por Ritchie Pugliese

En 2 Reyes capítulo 20 nos encontramos con Ezequías, príncipe del pueblo de Dios, que estaba en una situación terminal.

En el v.1 leemos “En aquellos días Ezequías cayó enfermo de muerte.”

Esta enfermedad terminal que padecía tuvo una causa. Su reinado duró 29 años (18:2).  Su reino fue invadido en el año catorce de su reinado (18:13).

Es evidente que esta enfermedad repentina y severa ocurrió en el mismo año de la invasión Asiria. Entre la amenaza del ataque y la aparición del enemigo fue que Ezequias se enfermó.

El v.1 continúa diciendo que vino el profeta Isaías: “Jehová dice así: Ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás.”

Es evidente que esta enfermedad era maligna y de efecto mortal. ¡Era una horrible  manera de vivir y una manera espantosa de morir!

Muchos de nosotros quizás nos encontremos en alguna situación similar, literalmente “con una sentencia de muerte” sobre nuestra salud, la economía, el ministerio, los negocios, un trámite legal, etc, a causa de la presencia y los ataques del enemigo.

Muchos de nosotros quizás nos sintamos como Ezequías, donde todo parece que va a terminar en forma dramática, horrible, espeluznante. – ¿Qué podemos hacer ante semejante situación? – es la pregunta que golpea una y otra vez sobre nuestra mente sin hallar respuesta.

¡Gracias a Dios que tenemos Su Palabra! Allí es donde obtendremos la respuesta analizando lo que hizo Ezequías.

Leemos en el v.2 “Entonces  volvió su rostro a la pared, y oró a Jehová…”

La expresión “volvió su rostro a la pared” surge debido a que las camas en Oriente se colocaban a lo largo de la pared. Luego que el profeta le hablara, Ezequías se dio vuelta hacia la pared.

Ezequías no se dio vuelta hacia la pared porque estaba enojado. No se dio vuelta porque se había rendido y entregado a “su suerte” (En 1 Reyes 21:4 leemos que Acab, el esposo de Jezabel, se dio vuelta enfadado).

Ezequías, en cambio, se dio vuelta hacia la pared para utilizar el último recurso que tenía: Buscar desesperadamente a Dios.

Ezequías no sólo iba a buscar a Dios en oración. El haría algo más: “volvió su rostro a la pared, y oró a Jehová y dijo…”

Es importante destacar que Ezequías no iba a orar con su mente, sino que iba a hablar a viva voz con Dios, es decir, utilizando su voz para expresarse.

El v. 3 continúa diciendo: “Te ruego, oh Jehová, te ruego que hagas memoria de que he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón, y que he hecho las cosas que te agradan. Y lloró Ezequías con gran lloro.”

Este versículo revela la clase de oración que Ezequías hizo. No fue una oración pusilánime o ritualista, sino que ante semejante situación terminal va a aparecer en la escena del relato lo que yo llamo “una clase de oración específica para una clase de persona determinada”.

Como dijimos anteriormente,  ésta no es la oración típica de un cristiano en general. Esta oración era el ruego de un desesperado,  la cual toca el corazón de Dios de manera tal que él responde “ya mismo”, es decir, instantáneamente.

Para aquellos que están entrenados en la vida de oración, bien saben que el arte de la oración requiere, entre otras cosas, paciencia, espera y por supuesto fe.

Hebreos 6:12 dice que las promesas de Dios (incluida la respuesta a la oración) requiere fe y paciencia. La fe viene instantáneamente pero la paciencia se desarrolla lentamente, en un proceso.

Existe una clase de oración que llega al trono rápidamente y a la vez es respondida instantáneamente.

¿Cuál debe ser el contenido de esa clase de oración para que podamos recibir la respuesta?

De la oración desesperada de Ezequías del versículo 3, podemos aprender bastante.

Vamos a analizarla por un instante:

1. “Te ruego, oh Jehová, te ruego que hagas memoria”

Ezequías comenzó rogando doblemente a Dios y le dice que no olvide, que recuerde ahora. -¡No te olvides, oh Dios! – No fueron simples palabras sino un ruego o clamor desesperado, de alguien que sabía que la vida se le acababa. ¡No había otra cosa para hacer que clamar desesperadamente!

Existe una gran diferencia entre orar y rogar o clamar a Dios. Orar es hablar y dialogar pero rogar o clamar es la petición que sale de lo más profundo de nuestro ser, expresada en forma desesperada debido al peligro vigente.

2. “… de que he andado delante de ti”

Ezequías le recuerda a Dios como había caminado en la vida. Note que Ezequías menciona  “he andado”. Él no le dice: – Señor, mira que yo logré esto, hice lo otro, alcance éxito en aquello”. Él no se enfocó en sus logros sino en su perseverancia en caminar con Dios cada día.

Para el cristiano fiel, la vida es un viaje, un peregrinaje tomado de la mano de Dios con momentos buenos y malos, con triunfos y fracasos, con alegrías y tristezas. La perseverancia en caminar el trayecto de la vida confiado, tomado de la mano del Señor, es lo que cuenta en definitiva.

Esta expresión demuestra una actitud de humildad en Ezequías que sacudió inmediatamente el corazón de Dios. Ezequías sabía que intentar ir a la presencia de Dios con orgullo, soberbia, cerraría las ventanas de los cielos inmediatamente. ¿Cómo había caminado Ezequías? “… he andado delante de ti en verdad y con íntegro corazón…”

Note otra vez, que lo que argumenta Ezequías no es acerca de lo que hizo, sino de lo que él era como persona delante de Dios. Un corazón íntegro no es un corazón perfecto, sino uno que a veces falla y se arrepiente con la decisión de cambiar. Es la tendencia sincera a obedecer a Dios es la característica de un corazón íntegro.

Ahora Ezequías agrega: “… y que he hecho las cosas que te agradan. Y lloró Ezequías con gran lloro.”

La pureza del argumento de Ezequías es conmovedor realmente, pero ahora el agrega que había hecho cosas del agrado de Dios en el pasado.  Ahora sí parece que Ezequías enfatiza lo que hizo agradando a Dios.

Así como es prudente saber lo que hemos hecho mal ante Dios, para arrepentirnos, no es ningún pecado hablar con Dios y  mencionarle aquellas cosas que hemos hecho bien y que han glorificado su nombre.

Ezequías seguramente le habrá recordado al Dios que todo lo sabe su andar fiel, su renuncia, los precios que habría pagado por serle fiel, sus oraciones, clamores, trabajo, etc, ¡todo lo que había hecho para agradarle durante su vida!

Ahora bien, ¿Qué sucedió?

El v. 4 refleja lo que sucedió en ambos terrenos: el natural y el espiritual: “Y antes que Isaías saliese hasta la mitad del patio, vino palabra de Jehová a Isaías, diciendo:…”

Para que podamos darnos cuenta de la velocidad de la respuesta de Dios, se registró este versículo. El profeta acababa de decirle a Ezequías que “hiciera las maletas” porque moriría pero antes de llegar a la puerta de la casa algo sucedió.

Las palabras de Ezequías llegaron al trono de Dios y la respuesta llegó, por así decirlo, en unos segundos… y otra vez vendría a través del mismo profeta.

Es necesario detenernos para analizar por un momento la actitud del profeta: Tuvo que tener la suficiente sensibilidad espiritual para escuchar a Dios otra vez, luego de que había entregado el primer mensaje que Dios le había dado.

Para nosotros hoy es fácil leer el relato, pero aquí estaba en juego la reputación del profeta, quien hacia escasos segundos le había dado una palabra “fuerte” a Ezequías. ¿Se imagina cuando Dios le dijo al profeta que volviera para cambiar el mensaje que le habría dado inicialmente? El profeta pudo haber argumentado: – ¡Señor, si hago esto me desacreditaré como profeta y nadie más me creerá! -, o – ¡No puedo cambiar el mensaje que me diste! – . El profeta  no dijo esto sino que demostró que estaba más interesado en ser un portador fiel del mensaje de Dios que de cuidar su reputación ministerial. Así responden los verdaderos siervos de Dios. Ellos hacen lo que Dios les manda sin importar “lo que dirán los demás”.

Dios sabía la clase de siervo que era Isaías. Por eso le dijo en los vv. 5-6: “Vuelve, y di a Ezequías, príncipe de mi pueblo: Así dice Jehová, el Dios de David tu padre: Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano; al tercer día subirás a la casa de Jehová. Y añadiré a tus días quince años, y te libraré a ti y a esta ciudad de mano del rey de Asiria; y ampararé esta ciudad por amor a mí mismo, y por amor a David mi siervo.”

El mensaje de Dios era contundente, pero que interesante lo que Dios le mandó a decir a Ezequías a través del profeta: “yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas”.

El Señor no pasa nada por alto, ¡el siempre oye y ve el clamor de su pueblo! Qué maravilloso es recordar esto, pues muchas veces, a pesar de ser cristianos de años, pensamos que orar es una pérdida de tiempo o un acto religioso intrascendente.

¡Para los que aman a Dios la oración es una herramienta poderosa de acceso al trono y para hacer que las cosas sucedan! Dios oye y ve. ¡Nunca lo olvide!

En el caso de la oración de Ezequías, Dios vio sus lágrimas. No eran lágrimas emocionales sino lágrimas del Espíritu. ¿Puede comprender esto? Existe un llanto que proviene del alma, emocional, pero hay otro más poderoso que es el resultado de clamar desesperadamente en el Espíritu. El Salmo 56:8 dice “pon mis lágrimas en tu redoma”

Una “redoma” era un frasco de vidrio donde se guardaban perfumes preciosos y costosos. ¡Las lágrimas de los santos de Dios valen mucho para el Señor!

¡Cuánto podemos aprender hoy de la actitud de Ezequías al enfrentar una situación realmente terminal! ¡Él se atrevió a clamar a Dios y se revertió la situación!

El Señor hoy le está hablando a usted, para que en este momento en el que se encuentra enfrentando una situación terminal, decida no rendirse sino clamar desesperadamente al Señor para que el intervenga y revierta la situación. Quizás ya no tenga más fuerzas para hacerlo, pero recuerde que Ezequías enfermo y debilitado lo hizo pues era su último recurso.

¡Recuerde que Dios no hace acepción de personas y que cuando alguien clama, el responde y revierte situaciones! (Jeremías 33:3)

El relato nos dice que como resultado de ese clamor desesperado, Dios le dio a Ezequías quince años más de vida, victoria los enemigos y protección en la ciudad donde vivía. ¿Puede darse cuenta todo lo que se puede soltar de la presencia de Dios por causa de una sola persona que no se rinde ante la evidencia sino que clama al Señor desesperadamente?

¡Nuestro Dios es galardonador de los que le buscan desesperadamente y claman con fe! (Hebreos 11:6) ¡Aleluya!

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