FORO DE PASTORES AMIGOS 4 – Reunión 13 de Mayo, 2015 – Miami, Florida –

ESTUDIO BIBLICO SOBRE SENSIBILIDAD CARISMÁTICA
Por Orville E. Swindoll

INTRODUCCIÓN
La presente exposición se basa en la premisa de que el Espíritu Santo está presente en la iglesia, que activamente reparte gracia y dones, y quiere obrar en la vida de todos los redimidos de una manera sobrenatural. Es importante tener presente que se requiere en los protagonistas santidad, humildad y una ausencia de actitudes que ofenden a Dios o que impiden una relación de confianza y plena comunión con él o con los hermanos.

Comencemos con una definición práctica del término sensibilidad carismática. Usamos la palabra sensibilidad en el sentido de habilidad de captar e interpretar el toque de Dios, apertura y percepción frente a la operación del Espíritu Santo. Implica la disposición de dejar de lado la ambición, los deseos propios, los intereses particulares. Además, descarta la idea de fabricar o inventar algo por cuenta propia. Sensibilidad lleva la idea implícita de una entrega total y serena a la voluntad de Dios y una satisfacción con sus designios perfectos.

Carismática viene de la palabra caris en griego, que significa gracia. Bíblicamente, los carismas son las manifestaciones de la gracia de Dios reveladas por el Espíritu Santo. Por ende, el término carismática se refiere a cualquier operación del Espíritu de Dios, entendida como sobrenatural (es decir, más allá de lo natural), de naturaleza espiritual.

Sensibilidad carismática, entonces, se refiere a la disposición de presentarnos a Dios con el corazón abierto y con el deseo de conocer su voluntad para ponerla por obra. Además, implica la necesidad de fe, pues no se trata de una operación mecánica o teledirigida. Entendiendo la voluntad de Dios, hemos de actuar en fe, confiados en la gracia y en el poder de Dios operando a través nuestro.

Este elemento de fe, junto con la debilidad y torpeza humana, son los factores subjetivos que hacen que todo este cuadro requiera discernimiento espiritual y cierta cobertura de responsabilidad y madurez. Pues, no siempre interpretamos correcta y precisamente la inspiración o revelación de Dios. Queda implícita la posibilidad de equivocarnos. Para evitar errores grandes o consecuencias lamentables debemos actuar con humildad y con una clara sujeción a los hermanos maduros y responsables. De esa manera, iremos ganando experiencia en un marco de confiabilidad, y la iglesia podrá ser edificada sin correr riesgos innecesarios.

CAMINANDO Y ESPERANDO
La vida cristiana se desenvuelve en torno a dos parámetros que podemos expresar con dos verbos: caminar y esperar. Por un lado, Dios nos ha relacionado con él a través de un pacto seguro y nos ha dado estatutos que aclaran la senda por la cual debemos andar. Nuestros pasos, pues, no son inciertos, errantes, vacilantes, como en el pasado cuando no conocimos a Dios ni su camino. Para nosotros Cristo es el camino.

Sin embargo, por el otro lado no todo nos ha sido revelado. La Biblia no es una enciclopedia o libro de texto que contiene todas las respuestas a nuestras preguntas. Más aun, nos da el testimonio de grandes siervos de Dios que quedaron consternados frente a los enigmas divinos (por ejemplo: Job, Isaías, Jeremías, los doce apóstoles, Pablo). Este misterio nos impone la necesidad de esperar pacientemente y con fe, y provoca en nosotros actitudes como la expectativa, la esperanza y, a veces, consternación.

La vida cristiana provee, entonces, estabilidad y a la vez expectativa. La estabilidad del pacto no excluye la espera paciente, sino que le da sentido. Esta dualidad se expresa en una amplia gama de situaciones y sensaciones: desde la confusión porque Dios se encubre, hasta la éxtasis por su intervención directa; desde la profunda conciencia de culpabilidad hasta la exaltación por haber cumplido la voluntad de Dios; desde la serena confianza en su protección hasta la angustia por la opresión de los adversarios.

Lo que no podemos hacer es separar estos dos elementos complementarios, o escoger uno de los dos. Tenemos que caminar en la senda que el Señor nos ha señalado; y también tenemos que estar a la expectativa de lo que el Espíritu Santo pueda hacer o revelar en nosotros.

En la práctica, estos dos parámetros implican la necesidad de (1) conocer y acatar lo que Dios ha revelado en su palabra, y (2) saber abrirnos a la inspiración del Espíritu Santo, a fin de que obre en y a través de nosotros como sus canales, sus herramientas.

Aunque puede existir en nuestra experiencia cierta tensión entre estos dos, nunca debemos suponer que están en contraposición entre sí.

Para nuestra orientación, podemos meditar en el significado de los siguientes pasajes bíblicos:

El obrar del Espíritu es como el viento imprevisible: 6Lo que nace del cuerpo es cuerpo; lo que nace del Espíritu es espíritu. 7No te sorprendas de que te haya dicho: “Tienen que nacer de nuevo.” 8El viento sopla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va. Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu. Juan 3:6–8 [NVI]

Es necesario esperar la venida del Espíritu Santo:
Ahora voy a enviarles lo que ha prometido mi Padre; pero ustedes quédense en la ciudad hasta
que sean revestidos del poder de lo alto.

Lucas 24:49
7 No les toca a ustedes conocer la hora ni el momento determinados por la autoridad misma del Padre —les contestó Jesús—. 8Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.
Hechos 1:7–8

El derramamiento inicial del Espíritu Santo indica pautas y principios de la vida cristiana:

2De repente, vino del cielo un ruido como el de una violenta ráfaga de viento y llenó toda la casa donde estaban reunidos. 3Se les aparecieron entonces unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. 4Todos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.
Hechos 2:2–4

17 “Sucederá que en los últimos días —dice Dios—, derramaré mi Espíritu sobre todo el género humano. Los hijos y las hijas de ustedes profetizarán, tendrán visiones los jóvenes y sueños los ancianos. 18En esos días derramaré mi Espíritu aun sobre mis siervos y mis siervas, y profetizarán.
Hechos 2:17–18

33Exaltado por el poder de Dios, y habiendo recibido del Padre el Espíritu Santo prometido, ha derramado esto que ustedes ahora ven y oyen… 39En efecto, la promesa es para ustedes, para sus hijos y para todos los extranjeros, es decir, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios quiera llamar.
Hechos 2:33,39

El Espíritu Santo da identidad a la vida cristiana:
11Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo
que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes… 14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios.
Romanos 8:11,14

Pablo instruye sobre los dones espirituales y su relación con la iglesia como comunidad de vida.
1 Corintios caps. 12 y 14

El Espíritu Santo es el sello y las arras de la redención.
13En él también ustedes, cuando oyeron el mensaje de la verdad, el evangelio que les trajo la salvación, y lo creyeron, fueron marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido. 14Éste garantiza nuestra herencia hasta que llegue la redención final del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su gloria.
Efesios 1:13–14

INICIACIÓN
La vida cristiana no es una ciencia exacta que responde a un conjunto fijo de reglas y leyes. Menos aun es una cuestión meramente mental. Es un andar en el Espíritu. Es el desarrollo en nosotros de la vida de Cristo por la operación dinámica del Espíritu Santo. Es, pues, sumamente importante que conozcamos su forma de obrar y, especialmente, que nos dispongamos a seguir su dirección. Esto es, esencialmente, una cuestión de discernimiento espiritual.

Podemos y debemos crecer en esta facultad de discernimiento espiritual. El crecimiento se produce por el ejercicio (véase Hebreos 5:14). Así podemos superar nuestra torpeza natural o al menos evitar que impida nuestro desarrollo espiritual.

Pese a lo que mencionamos arriba, hay normas espirituales que rigen nuestra relación con Dios. Tomemos en cuenta los siguientes textos, por ejemplo:

Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes.

Si en mi corazón hubiera yo abrigado maldad, el Señor no me habría escuchado.

Santiago 4:6

Salmos 66:18

Estos pasajes nos enseñan que la humildad abre camino para experimentar la gracia de Dios, y que el pecado no confesado es un estorbo para la comunión con Dios. De la misma manera, uno puede descubrir otras pautas marcadas en la palabra de Dios con el fin de facilitar el desarrollo espiritual.

La iglesia primitiva tuvo su iniciación con el derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés (véase Hechos cap. 2). Pasó algo parecido cuando el reino de Dios llegó a Samaria (cap. 8), cuando se convirtió Saulo de Tarso (cap. 9), en la casa de Cornelio (cap. 10) y con los primeros discípulos en Éfeso (cap. 19). La idea básica que surge de este conjunto de testimonios es que la vida cristiana plena es el resultado de la obra dinámica del Espíritu Santo en la iglesia, como también en la vida particular de los discípulos cristianos.

¡Y esto es apenas el principio! De allí en más, el Espíritu Santo obra a través de la vida de estos discípulos por medio de visiones, sueños, profecías, milagros, sanidades, palabras de fe, de ciencia, de sabiduría, etc. ¡Estamos aún en la era del Espíritu Santo! Dios quiere obrar hoy en su pueblo con poder y gracia.

Para ser un canal de Dios, sólo es necesario dejar que la sangre de Cristo nos limpie de todo pecado, y que el Espíritu Santo nos llene e inspire. Juntos queremos abrirnos al soplo del Espíritu. Pero no queremos inventar o crear nada por cuenta propia. Sólo procuramos liberarnos de los impedimentos y de las ideas que bloquean el libre mover del Espíritu entre nosotros.

El Espíritu Santo es soberano. Ya está obrando entre nosotros. Pero no siempre sabemos responder a su inspiración. No nos interesa sugestionar a nadie, sino sólo animar a todos a ser dóciles frente a la obra del Espíritu de Dios.

LA PROFECÍA Y EL HABLAR EN LENGUAS
En la práctica, descubrimos que la introducción a la experiencia de los dones carismáticos se inicia, por lo general, con el hablar en lenguas y el hablar profético. De modo que vamos a comenzar por allí. Todos podemos orar en lenguas (véase Hechos 2:4; 1 Corintios 14:5), y todos podemos profetizar (véase 1 Corintios 14:1,5,31,39).

Hablar en lenguas es hablar con Dios a través del espíritu de uno sin la intervención del raciocinio. Es orar con el espíritu (véase 1 Corintios 14:14). Es una práctica edificante (14:4), y debe ser una experiencia común (14:18) en la vida devocional de todo creyente. De paso, facilita la operación del Espíritu Santo en otras formas.

Profetizar es hablar bajo la influencia e inspiración del Espíritu Santo, para comunicar un mensaje a otros de parte de Dios. No es predicación. No es interpretación de lenguas.

Por lo general, no es predicción. Y no es el resultado de la premeditación. Es sobrenatural, y el efecto en los creyentes es edificación, exhortación y consolación.

El hablar profético debe abundar en la congregación, a fin de que todos aprendamos, y que seamos edificados y exhortados (1 Corintios 14:31). Sugiero tres normas que ayudarán al que quiere comenzar a profetizar:
1) Serenar su espíritu. Tranquilícese. El nerviosismo y la exaltación no conducen a la inspiración. Escuche la voz de Dios con su espíritu.
2) Tomar fe y ánimo para hablar. Proceda según la medida de su fe.
3) Disponerse para recibir orientación y corrección. Esto evitará que el impulso humano o una influencia ajena le desvíe.

Descubriremos que al ganar experiencia con la práctica de estos dones, nos volvemos más sensibles ante la inspiración del Espíritu Santo en diversas maneras y con distintos dones. De modo que podemos experimentar la guía del Espíritu en palabras de ciencia y de sabiduría, o en los dones de fe, sanidades, milagros, discernimiento de espíritus, etc. Es como introducirse detrás del velo y vivir plenamente en el Espíritu. ¡Así sea, para la gloria de Dios!

 


Publicado en: Cursos

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